CALLE SIN SALIDA
María
Elena Garcés Suárez
Los
recuerdos son capaces de llevarnos en una montaña rusa de emociones con tan
solo pensarlos, pero a través de la fotografía contamos con una herramienta
para aferrarnos a ellos. El poder de la fotografía va más allá de la condición
mortal, pues sus obras quedan congeladas en el tiempo. Nos da la oportunidad, de,
en palabras de la escritora Susan Sontag: “ver a los protagonistas como jamás
se verían; conocerles como nunca podrán llegar a hacerlo, con el objetivo final
de que nos sobrevivan”.
A
lo largo de nuestra vida, capturamos como sociedad un número infinito de
fotografías, creando así un álbum propio y colectivo de nuestra existencia.
Pero llegados a la vejez, estos ya no se perciben solamente como un sitio en el
que guardar memorias, sino como un baúl de recuerdos con un tono nostálgico y
melancólico en el que descansa nuestro legado. Sin embargo, tras una dilatada
experiencia vital y la percepción de cercanía de la muerte, los ancianos
tienden al estado de ataraxia. Los problemas ya no importan tanto, el dolor ya
no arde como antes ni parece haber tiempo que malgastar.
Para
autorealizarse día a día dentro de sus rutinas y luchar contra el desosiego
-obra de la desmotivación y la enfermedad-, se dedican a actividades como
cuidar las huertas, los animales, las flores, ocupan su mente en juegos o
trabajos manuales, y los que tienen la posibilidad de moverse, viajan, e incluso
se enamoran. En definitiva, gozan de los
placeres cotidianos como la compañía de otra persona y mantener una
conversación agradable. No planean. Acuden a sitios, como antaño, con la
esperanza de encontrarse con algún conocido y charlar un rato. Esto, tan normal
para ellos, luce impensable para las generaciones actuales, esclavas de la
inmediatez.
Calle sin
salida surge
de la conmovedora historia de un grupo de familias que compró terrenos a las
afuera de La Orotava y conformaron dicha calle, dando así origen a décadas de
compañerismo y cariño. Crearon un pequeño mundo paralelo que tuvo su esplendor
antiguamente, cuando se celebraban fiestas y compartían vivencias. “Éramos como
una familia”, remarcan una y otra vez los retratados.
Con
este proyecto he querido inmortalizar a estos emprendedores, ya que el espíritu
positivo sigue arraigándose en cada uno de ellos –a pesar de las notables
ausencias-. Porque nuevamente, se demuestra que el ser humano es resiliente y
que no todas las almas envejecen.
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